FORCE ME QUEEN BDSM Y FETICHE POP

 

 

 

 

 

La fobia al transhumanismo, a no poder morir en paz cuando el cuerpo te lo pida, solo ha conseguido que me apegue más al decaer de mi organismo. Al envejecer, incluso a las resacas. Que adoré pasándome las noches en vilo, fumando y preparando artículos como este mientras se me achinan los ojos. Decía  Truman Capote en Música para camaleones (1980) -auspiciando el fin de su carrera literaria para dedicarse a la corrección de cuentos- que:

“Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación.”

 

Autoflagelarse para mí, ir más allá de las posibilidades, ha sido escribir este artículo. Os va a hablar de BDSM una persona cuyo mayor acto de sadismo en el sexo —y bajo mutuo consenso— fue hacerle un footjob a mi pareja con los pies helados. Pero todo empezó por la estética, sí la jodida estética que describe un movimiento, pero en ocasiones termina royendo su concepto hasta los huesos. Pasan los años y luego solo queda el armazón y la miasma de lo que antes era o tenía intención de guerrilla. Hasta John Lydon parece haberse ido a otro lugar, mientras sus pantalones bondage andan solos por el mundo y suben a pasarlas de la mano de Vivienne Westwood, Thierry Mugler y demás. Yo quería saber porque Johnny Rotten llevaba esos calzones con cuerdas, esas restricciones para moverse en la incómoda política británica del 77. Y creedme, Jon Savage lo explica con creces en su England’s Dreaming. Pero luego quería saber más, por qué hay una lista tan grande de artistas que cantan sobre la dominación, la sumisión, los fetiches varios, las ataduras o el placer en el dolor (y por supuesto podéis añadir los que falten). Por qué no solo en el imaginario del punk, del metal, del neo-folk, lo industrial y todas estas corrientes enigmáticas, sino que también Rihanna lo convoca (“now the pain is for pleasure ‘cause nothing can measure”), o Leonard Cohen, entre otras cosas, escribe estas misteriosas líneas en “El final de mi vida en el arte”:

 

“Quiero volver a la cama y penetrarla. Es el único momento en que encuentro un poco de paz. Y cuando se sienta en mi cara. Cuando baja hasta mi boca. Es de muerte. Una pirámide sobre mi pecho. Quiero intercambiar sangre con ella. Quiero su esclavitud. Quiero su promesa. Quiero su muerte. Quiero que el ácido vertido me libere.”  

 

¿Te libere de qué? De la monotonía, la normalidad. Menuda parafilia la normalidad. Una obsesión patológica por llegar al placer solo a través de las prácticas socialmente aceptadas, sea cual sea la sociedad a la que pertenecemos y los hábitos que crea adecuados. Es como si un gran padre o madre invisible eligiese hasta dónde podemos llegar, por nuestro bien. Pero salí de un mundo normativo para meterme en otro, el BDSM tiene más leyes en pro de la seguridad que el estado del bienestar en que nos ahoga. ¡Hasta hay zonas prohibidas! No todo es válido. Nadie viviría “Historia del ojo” de Bataille sin terminar en  prisión y condenado por buena parte de la comunidad bdsmera. Lo mismo con Saló o los 120 días de Sodoma (1975) de Pasolini o toda la saga de Ilsa iniciada por Don Edmonds, sirven como poética violenta, pero no a la práctica. Sin embargo, hay personas que aún no lo entienden. ¿Qué hay de legitimamente BDSM en la cultura pop? ¿Dónde se plasma bien y donde se intoxica su significado?

 

Preguntando en mi círculo cercano, me dí cuenta que se asocia el BDSM con la agresión gratuita, las violaciones, los trastornos, las ansias suicidas o los abusos de poder. Quién iba a querer practicarlo entonces, ¿a parte de algún perturbado (y buena parte de las élites)? Me daba un miedo tremendo encontrarme en una vorágine de material snuff (con este otro tipo de material snuff ya me había visto envuelta en otras ocasiones). Pero en su lugar descubrí a personas de buena calaña, como la sexóloga Juncal Martínez, los periodistas Josep Lapidario y Glòria Fernández, o la dómina Anneke Necro, que me explicaron sus conocimientos con la paciencia y dedicación de un nawashi anudando a un rope bunny novato. Si os apetece os lo voy a contar, a través de películas y referentes pop, claro. Mi praxis no da para más, pero la autoflagelación me azuza.

 

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Grey: El complejo Alfa

 

Dice Óscar del Pozo que hay películas que marcan el despertar de una generación. Cuando la mayoría del público piensa ahora en dominación y sumisión (DS) o en sadomasoquismo (SM) -que son dos corrientes distintas aunque se mezclen-, de inmediato se nos le viene a la cabeza el tarado de Christian Grey en Cincuenta sombras de Grey (2015) o a ese otro John ¿Gray? de Nueve semanas y media (1986). Claros exponentes del mansplaining con traumas forzados y conductas propias de un psicópata controlador, que no son las de una persona que encuentra placer conscientemente en ello. Adam Tallis en Suavemente me mata (2002) también podría ser esta clase de Grey.

“Hay gente que se abalanza directamente sobre los límites -cuenta Josep Lapidario- sin considerar que la mayor parte de juego disfrutable está precisamente en lo que, a pesar de ser intenso, puede procesarse bien internamente. Los límites son para ocasiones especiales, no para el día a día (y los practicantes de BDSM tenemos día a día)”. Se trata de una afición, no de una patología. De hecho, Josep que está en el colectivo, es mucho más cuerdo y articulado que yo, podéis leerlo aquí.

Pero existe un Grey respetable, aunque no controle del todo sus impulsos. Ese es James Spander (aka E. Edward Grey) en La secretaría (2002), un hombre con la cabeza amueblada de una forma peculiar, pero que encuentra su yin en Lee Holloway. De hecho, es una película BDSM por excelencia, con respeto mutuo, toques de humor y guiños a la iconografía clásica, con una escena dedicada de la mítica fotografía de Helmut Newton, de la chica de mirada desafiante coronada con una silla de montar.

 

Desarticulando la posible crítica -de otra faceta- feminista, decir que en el caso de esta imagen aparece una mujer, pero quien ejerce de caballo podría ser un hombre o una persona queer. Esta muy bien que equiparemos posturas, pero no anulemos estos roles por miedo al machismo. Cuenta Juncal Martínez  que “debemos entender que es una manera más en que la gente tiende a encontrarse. Hay personas que se relacionan de manera ‘normativa’ y otras hacen estas prácticas que se salen totalmente del imaginario heteronormativo coitocentrista y genital”. Es un tema lo suficientemente importante como para dedicarle un apartado entero, pero metámonos directos al pogo.

Facesitting sobre la moral

Para entender los sentimientos primarios que llevan a este tipo de relaciones, no está de más leer el análisis que hace Simone de Beauvoir sobre el Marqués de Sade, o la novela La venus de las pieles de Leopold von Sacher-Masoch (de ellos viene la raíz de la palabra sadomasoquista). Y existe una alternativa más llevadera, la película homónima de 2013 dirigida y guionizada por Roman Polanski, otro maestro en géneros opacos. De este mismo director es Lunas de hiel (1992), con esa peligrosamente sensual escena de la navaja, donde se nos muestra que el BDSM, con sus juegos de roles, puede ser una práctica excitante y esporádica que vista cualquier tipo de relación de pareja:

 

 

Pero volviendo al inicio, lo que me inquieta de las películas de moda sobre los Grey, que se han convertido en hitos, no es que sean sobre personajes perturbados, sino que no se los presenta como tal, como es el caso de Brandon Sullivan en Shame (2011) de Steve McQueen. Allí vemos que su comportamiento maníaco compulsivo no es una preferencia sexual, sino una tuerca interna desajustada que le lleva a arrojar a otras personas ajenas a su barahúnda. Antes de involucrar a nadie, pregúntale si quiere entrar allí. Sino es delito.

Se suceden los momentos incómodos, porque la variedad de preferencias de sus participantes es tan amplia, que en ocasiones no se encuentran; como es el caso de La pianista (2001) de Haneke, donde las normas que establece la pareja no funcionan; o Elle (2016) de Paul Verhoeven, cuyo encuentro de fantasía sádica dura momentáneamente y termina de forma abrupta.

Seré tu maîtresse, pero solo a ratos

 

Imagino que la sensación de descubrir la amplitud de miras del BDSM, en un buen material audiovisual, es como esa escena de Maîtresse (1975) de Barbet Schroeder, donde Olivier -interpretado por un jovencísimo Gérard Depardieu- entra a robar, sin enterarse, a la casa de una dómina (Bulle Ogier), y va destapando máscaras, prendas, zapatos y utensilios varios. Un erotismo que se descubre a través de las texturas, de los objetos en la penumbra y que va excitando paulatinamente los sentidos. ¿Para qué **** servirá todo esto?

Lo que Ogier -en el papel de la dominatrice professionnelle Ariane- se pone, so n disfraces. Fuera de la mazmorra, como todo el mundo, tiene vida más allá de sus preferencias o prácticas sexuales y esta parte también aparece en la película.

Un/a seguidor/a BDSM puede tener una relación 24/7, pero también puede reservar estas prácticas para ocasiones concretas. ¿Dónde encontrar ambos ejemplos juntos? En el documental In the Basement (2014) de Ulrich Seidl, aparece una pareja que asume los roles sadomasoquistas en su rutina habitual, diferenciando espacios (“mi esposo esclavo me permitió diseñar el sótano como la parte más dominante de la casa”); mientras que otra mujer asiste a visitas esporádicas con su master. En la entrevista, explica que el maltrato sin consentimiento no es placentero y que un torturador no es un sádico.

“Este no es el producto de una confusión del dolor y el placer, sino más bien de una redefinición del dolor. Por lo general un sádico no siente placer al causar dolor por el mero hecho de producirlo. Ni es placentero si su amante no comparte la definición sadomasoquista del dolor” recoge Thomas S. Weinberg en sus estudios.

 

 

 

Otro caso real es el de Bob Flanagan, cuya trayectoria (¡y muerte!) es contada por Kirby Dick en Sick: The Life & Death of Bob Flanagan, Supermasochist (1997) con buenas dosis de sensibilidad, realismo y -SIEMPRE- sentido del humor: “Cristo fue el primer masoquista”, es una de las perlas que suelta. Son personas que conocen mejor que nadie su cuerpo, saben hasta dónde llega placer y cuando se produce el daño. Este efecto se conoce como algolagnia y no es una parafilia.

“No solo la religión -puntualiza Olga Viñuales- también la ciencia y la psicología han contribuido a estigmatizar ciertas prácticas llamandolas por el término aún peyorativo de la parafilia”

 

Cómoda en la incomodidad

 

Existen prácticas más allá del sadomasoquismo, quizás la más conocida del amplio abanico BDSM por sus implicaciones físicas. Hablemos del bondage, la privación -parcial o total- de la movilidad o de los sentidos y al que nos acerca a su vertiente más artística el Arakimentari (2004) sobre el fotógrafo Nobuyoshi Araki o Lovely Andrea (2007) de la activista Hito Steyerl mostrándonos también la cantidad de connotaciones o niveles de placer (visual, carnal, estético) que implica. Aparece en él Asagi Ageha, que practica la auto-suspensión y disfruta de la duplicidad se sentimientos de dependencia e independencia que le permite la cuerda.

 

O el fetichismo, que es tan versátil que llena toda la filmografía de Kenneth Anger y Richard Kern. Incluso Crash (1996) de David Cronenberg muestra el fetichismo por las prótesis y los accidentes de tráfico. Los hay de tan variados como el zentai o el fursuit y su práctica -igual que el resto de BDSM- no tiene porque incluir el sexo, es el placer compartido por un objeto, una tela, una textura. Me lo imagino como una sensación parecida al ASMR. Pero los hay de tan jodidamente irreverentes que ponen sobre la mesa incluso relaciones generadas en el núcleo del nacismo, veáse El portero de noche (1974) de Liliana Cavani. Cuando algún fetichismo, en vez de erizarme ricamente el vello, me lo pone como escarpias, pienso en la teoría de David Foster Wallace sobre la incomodidad en las películas de David Lynch:

 

“Nos gusta ver confirmada nuestra ansia ferviente de que la mayoría de las cosas malas y sórdidas en realidad son secretas, están «encerradas» o «bajo la superficie». Ansiamos que sea así porque necesitamos poder creer que nuestra propia repulsión y oscuridad son secretas. De otra forma, nos sentimos incómodos. […] Y en respuesta a mi incomodidad, voy a hacer una de estas dos cosas: o bien voy a encontrar una forma de castigar a la película por hacerme sentir incómodo, o voy a buscar una forma de interpretar la película que elimine la mayor parte posible de la incomodidad.”

Decidir vivir con aquello que nos parece ajeno de la propia naturaleza. Entender, por ejemplo, que hay

personas que disfrutan de la dominación y la sumisión, otra de las prácticas que no implica necesariamente dolor físico sino un juego de poder. Y en este caso, me da especialmente morbo Bella de día (1967) de Buñuel, donde Séverine -interpretada por Catherine Deneuve– encuentra el placer en someterse en un ambiente que ella elige*. Hay una vertiente feminista que reivindica aplicar el psicoanálisis a este tipo de preferencias placenteras. ¿Es es culpa de nuestro ADN social? ¿Debemos analizarlo y luchar contra ello?

¿O podemos explotarlo y gozarlo en paz? No tengo una respuesta para ello, pero prefiero la solución hedonista igual que me inclino por el posporno o el pro-sex antes que por la rama de la antipornografía.

* [También existe el rol de Brat, representado Elliot en Dos sabuesos en la isla del edén (1994), que practican la desobediencia, o Switch que fomenta el intercambio de roles. Hay una gran paleta donde elegir. Las figuras del Tarot del BDSM, como lo apoda Josep Lapidario.]

 

El porno puede ser tan atroz como la sociedad que lo genera, pero hay alternativas con aportación BDSM feminista. Buscando iniciativas que nos tocan de cerca, pienso en las XConfessions de Erika Lust con Feminist & Submissive, donde se fomenta el debate y el consenso, o An Appointment with My Master, con el aliciente principal de toda relación, que más que un juego de reglas, es la atracción mutua entre sus protagonistas. O su vertiente más ritualista, con Anneke Necro y su recién estrenada productora Mantis Lab. Y llegados al porno, que es la materialización ficcionada de la fantasía, ha llegado el momento de conectar el BDSM con su núcleo pop.

 

Confusion is sex o fantasías asertivas pop

“Hablar de cultura es hablar de sentido -cuenta Olga Viñuales- El sentido se construye, con frecuencia, a partir de referentes imaginarios. ¿Hay algo más imaginario, y por extensión más cultural, que la fantasía?”

 

BDSM es la plasmación de la fantasía y la fantasía es el motor del BDSM, lo que construye los ritos que tanto nos atraen de él. Como en el arte, “no es el orgasmo sino la catarsis lo que pone fin a una buena sesión” puntualiza Pat Califia. Y el BDSM ha tenido sus catarsis pop, con Debbie Harry disfrutando de las agujas en Videodrome (1987) de David Cronenberg o incluso Leonardo DiCaprio siendo quemado con una vela en El lobo de Wall Street (2013). Además, gracias a la apropiación de sus herramientas y atuendos aparecen clásicos como The Rocky Horror Picture Show (1975) o parte del vestuario de Barbarella (1967), entre muchos otros.

Jordan o la dominatrice Linda Ashby, que compraba en la tienda de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren cuando aún se llamaba SEX, usaban el imaginario BDSM no en pro de la libertad sexual, sino como una abstracción del sexo acosados por la confusión que les generaba.

 

I maintain that

Chaos is the future

And beyond it is freedom

Confusion is next and next after that is the truth

You gotta cultivate what you need to need

Sin confusión no hay duda, sin duda no hay preguntas y sin preguntas no hay la inquietud, el incentivo para moverse hacia los límites. La inquietud ha sido la fuerza motriz de este artículo vainilla. Había un desconcierto en los escritos de Burroughs, en las fotografías de Robert Mapplethorpe, en los dibujos de Nazario que se ha trasladado a la cultura pop. Y es curioso como los confundidos se encuentran en sus trayectos -ortodoxos o no- hacía las respuestas, con la naturalidad en la que se mezclan la cultura gay del cuero con los latigazos techno dentro del Berghain. Es un mapa del territorio oculto que conecta a Steve Severin, bajista de Siouxsie and The Banshees, con el personaje de Severin von Kusiemski; o  a los Depeche Mode de los 80 con la danza de los látigos de Gerard Malanga.

 

Se generan incluso efectos espejo, cuando David Bowie, en el papel del John Blaylock, acude a una actuación de Bauhaus -cantan “Bela Lugosi’s Dead” en un club de punks vestidos con estética bondage- en El Ansia (1983) de Tony Scott. Esta película incluso enlaza el “Dúo de las flores” de Delibes con las intenciones de sumisión vampíricas (cantan ama y esclava) de las protagonistas. Hay BDSM asimilado en nuestra descafeinada cultura pop porque la relación es fácil, comparten el amor al fetiche y el respeto por la fantasía. Y porque al pop por muy mainstream que sea, sabe que al autoflagelarse podrá impulsarse hacia algo mejor.

Aïda Camprubí

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